Hay políticos que llegan para ocupar un espacio dentro del sistema y hay líderes que pretenden cambiar las reglas con las que ese sistema funciona. Abelardo de la Espriella quiere ubicarse en esa segunda categoría.
Su apuesta por la llamada batalla cultural no busca limitarse a una campaña electoral, a una candidatura o a una discusión coyuntural. Su ambición es mucho mayor: transformar la manera en que un sector de Colombia piensa, comunica y defiende sus ideas.
La esencia de su propuesta podría resumirse en una frase:
Cambiar la política para siempre, en lugar de seguir haciendo la política de siempre.
Ese planteamiento representa una ruptura importante con una derecha que, durante demasiado tiempo, concentró buena parte de su discurso en reaccionar frente a las propuestas de sus adversarios. Abelardo plantea algo distinto: dejar de responder permanentemente la agenda de otros y comenzar a construir una narrativa propia.
No se trata solamente de ganar elecciones.
Se trata de ganar conversaciones.
No solamente de conquistar instituciones.
También de disputar ideas.
No únicamente de gobernar durante cuatro años.
Sino de construir una visión capaz de permanecer durante generaciones.
La política también es una batalla por el significado
La gran intuición detrás de la propuesta de Abelardo es comprender que la política contemporánea no se desarrolla exclusivamente en el Congreso, en los partidos o durante las elecciones.
También ocurre en el lenguaje.
En las universidades.
En los colegios.
En los medios.
En las películas.
En la música.
En las redes sociales.
En la historia que una sociedad cuenta sobre sí misma.
Las palabras importan porque determinan muchas veces la manera como las personas interpretan la realidad.
Qué entendemos por libertad.
Qué significa justicia.
Qué representa el mérito.
Cómo concebimos la autoridad.
Qué lugar ocupa la familia.
Cómo interpretamos nuestra historia.
Qué significa sentirse orgulloso de Colombia.
Todo eso forma parte de la política porque forma parte de la cultura.
Y allí está precisamente la esencia de la batalla cultural: comprender que antes de transformar las instituciones muchas veces es necesario transformar la conversación.
Una derecha que deja de defenderse y comienza a proponer
Durante décadas, distintos movimientos de izquierda demostraron una enorme capacidad para construir narrativas alrededor de conceptos como desigualdad, justicia social, derechos, memoria, identidad, inclusión y transformación.
Independientemente de que se compartan o no sus posiciones, sería un error negar que entendieron la importancia de disputar el lenguaje y la cultura.
En muchos sectores de la derecha, en cambio, ocurrió lo contrario.
Se discutían cifras.
Se defendían modelos económicos.
Se hablaba de seguridad.
Se respondían acusaciones.
Pero demasiadas veces se renunciaba a explicar qué visión de sociedad estaba detrás de esas posiciones.
Abelardo quiere cambiar eso.
Su batalla cultural propone que la derecha deje de ser únicamente una fuerza de reacción y vuelva a convertirse en una fuerza capaz de crear ideas, símbolos, discursos, relatos y referentes culturales propios.
Ese cambio puede resultar mucho más profundo que una simple estrategia electoral.
Porque una elección determina quién gobierna durante un periodo.
Una transformación cultural puede modificar la conversación de una generación.
Romper el mito de que la cultura pertenece a la izquierda
Uno de los puntos más importantes de esta visión consiste en cuestionar una narrativa instalada durante años: la idea de que la cultura pertenece naturalmente a la izquierda.
Como si el arte tuviera ideología obligatoria.
Como si la literatura tuviera partido.
Como si la música, el cine, la historia, la educación o el pensamiento fueran patrimonio exclusivo de una determinada corriente política.
La propuesta de Abelardo rompe frontalmente con esa concepción.
La cultura no pertenece a la izquierda. Pero tampoco pertenece a la derecha. La cultura no puede ser propiedad de ninguna ideología. La cultura pertenece a los colombianos.
Pertenece a nuestros escritores, artistas, músicos, profesores, estudiantes, empresarios, trabajadores, campesinos, científicos, jóvenes y familias.
Pertenece a nuestras regiones.
A nuestra historia.
A nuestras tradiciones.
A nuestra diversidad.
Y desde la visión que propone Abelardo, existe un elemento capaz de conectar todas esas dimensiones por encima de las diferencias políticas: el patriotismo colombiano.
Un patriotismo entendido no como obediencia partidista, sino como amor por el país, orgullo por sus posibilidades y voluntad de construir un destino común.
La batalla cultural, por tanto, no debería consistir en quitarle la cultura a una ideología para entregársela a otra.
Debería consistir en algo mucho más poderoso: devolverle la cultura a Colombia.
Abelardo quiere hacer lo que, según su visión, la izquierda no pudo consolidar
Aquí aparece una de las aspiraciones más ambiciosas de su proyecto.
Durante décadas, la izquierda buscó convertir sus ideas culturales en una transformación política duradera.
La apuesta de Abelardo es demostrar que puede producirse el movimiento contrario: que desde otros valores también puede construirse una narrativa capaz de movilizar a millones de personas y trascender un periodo electoral.
Para sus seguidores, allí está el desafío: hacer lo que consideran que la izquierda no logró consolidar plenamente: convertir el poder político en una transformación cultural duradera y convertir esa transformación cultural en un nuevo sentido común nacional.
No se trataría solamente de reemplazar a unos dirigentes por otros.
Eso sería seguir haciendo la política de siempre.
Se trataría de cambiar la manera como millones de personas interpretan conceptos fundamentales como libertad, familia, mérito, autoridad, nación, responsabilidad individual, oportunidades y patriotismo.
Ahí radicaría la verdadera revolución.
De la plaza pública a la plaza digital
Pero Abelardo parece haber comprendido algo todavía más importante: una batalla cultural del siglo XXI no puede librarse utilizando exclusivamente las herramientas del siglo XX.
La plaza pública cambió.
Ahora está dentro de un teléfono.
Una conversación política puede comenzar en TikTok, continuar en Instagram, convertirse en debate en X, extenderse durante una hora en YouTube y terminar llegando a cientos de grupos de WhatsApp.
La televisión dejó de tener el monopolio de la conversación nacional.
Los periódicos dejaron de decidir solos qué historias merecen atención.
Los ciudadanos dejaron de ser únicamente receptores.
Ahora también producen, interpretan y distribuyen mensajes.
Y ese cambio transforma completamente la comunicación política.
El mensaje deja de ser un discurso y se convierte en una red
Durante generaciones, el modelo político era vertical.
El dirigente hablaba.
El medio transmitía.
El ciudadano escuchaba.
Hoy esa lógica está desapareciendo.
Un líder publica una idea.
Un creador digital la convierte en video.
Otro ciudadano produce una gráfica.
Alguien transforma el concepto en meme.
Un periodista lo debate.
Un académico lo critica.
Un influenciador lo interpreta.
Miles de personas lo comparten por WhatsApp.
En pocas horas, una sola idea puede producir miles de versiones y alcanzar millones de pantallas.
El mensaje deja de ser un discurso y se convierte en un ecosistema.
Esta es posiblemente una de las dimensiones más revolucionarias de la batalla cultural propuesta alrededor de Abelardo.
No construir únicamente una maquinaria electoral.
Construir una comunidad narrativa.
La inteligencia artificial puede multiplicar esa revolución
A todo esto se suma una transformación todavía mayor: la inteligencia artificial.
La IA puede cambiar radicalmente la escala de la comunicación política.
Puede producir videos.
Crear gráficos.
Resumir documentos.
Traducir mensajes.
Generar podcasts.
Personalizar explicaciones.
Analizar tendencias.
Convertir una intervención de una hora en decenas de piezas digitales.
Permitir que una misma idea sea explicada de maneras distintas para públicos diferentes.
La comunicación política dejará progresivamente de estar limitada por el número de periodistas, diseñadores o productores audiovisuales disponibles.
Una organización capaz de utilizar responsablemente estas herramientas tendrá una capacidad narrativa que hace apenas una década habría parecido imposible.
Y allí la batalla cultural encuentra su territorio natural.
Porque si la batalla es por las ideas, la inteligencia artificial puede convertirse en el mayor multiplicador de ideas que haya conocido la política contemporánea.
La revolución consiste en construir, no solamente en responder
Durante demasiado tiempo, distintos sectores políticos permitieron que sus adversarios definieran primero las palabras y después se limitaron a discutir dentro de esas definiciones.
La propuesta de Abelardo pretende invertir ese proceso.
No esperar a que otros definan qué significa progreso.
Proponer una definición propia.
No permitir que otros tengan el monopolio del concepto de justicia.
Discutir qué significa realmente una sociedad justa.
No abandonar conceptos como cultura, juventud, arte, medio ambiente, educación o solidaridad por considerarlos territorios ideológicos ajenos.
Participar en ellos.
Proponer.
Crear.
Construir.
Ese quizá sea uno de los elementos más importantes de toda batalla cultural auténtica: dejar de reaccionar y comenzar a producir.
El patriotismo como punto de encuentro
Una batalla cultural corre siempre el riesgo de convertirse simplemente en una guerra entre dos trincheras.
Por eso, el elemento más interesante de esta propuesta sería conseguir que el patriotismo funcionara como un punto de encuentro superior a las etiquetas partidistas.
Colombia es mucho más grande que cualquier ideología.
Es más grande que la izquierda.
Es más grande que la derecha.
Es más grande que cualquier dirigente.
La cultura colombiana existe precisamente porque millones de personas distintas han contribuido a construirla.
La verdadera fuerza de una batalla cultural nacional estaría, entonces, en conseguir que los ciudadanos vuelvan a reconocerse en aquello que comparten incluso cuando discrepan políticamente.
La bandera.
La historia.
Las regiones.
La música.
Los héroes y también los errores.
Los triunfos.
Las dificultades.
El deseo de dejarles un país mejor a las próximas generaciones.
El patriotismo colombiano puede ser una narrativa de pertenencia sin convertirse necesariamente en una narrativa de exclusión.
Antes de conquistar el poder hay que conquistar la conversación
La idea central de esta nueva estrategia puede sintetizarse de manera sencilla: antes de transformar las instituciones hay que participar en la construcción del sentido común.
Las grandes transformaciones políticas rara vez comienzan con una ley.
Empiezan con una idea.
La idea encuentra palabras.
Las palabras encuentran personas.
Las personas forman comunidades.
Las comunidades desarrollan movimientos.
Y finalmente los movimientos transforman instituciones.
Abelardo parece comprender esa secuencia.
Por eso su batalla cultural pretende ir mucho más allá de una campaña.
Quiere convertirse en conversación.
Después en comunidad.
Después en movimiento.
Y finalmente en una manera diferente de entender la política.
Cambiar la política para siempre
Aquí se encuentra la verdadera dimensión de la propuesta.
No hacer la política de siempre. Cambiar la política para siempre.
La política tradicional piensa en la próxima encuesta.
La batalla cultural piensa en la próxima generación.
La política tradicional busca el titular de mañana.
La batalla cultural intenta construir las ideas que serán discutidas dentro de diez años.
La política tradicional busca seguidores.
La batalla cultural busca formar ciudadanos capaces de defender una visión.
La política tradicional termina cuando termina una campaña.
Una batalla cultural auténtica apenas comienza cuando terminan las elecciones.
Ese es el tamaño de la apuesta que Abelardo quiere poner sobre la mesa.
Una revolución de ideas, cultura y tecnología
El mérito de Abelardo de la Espriella no está en haber inventado históricamente la expresión “batalla cultural”, concepto que tiene antecedentes internacionales anteriores.
Su innovación está en convertirla en una bandera contemporánea para un sector político colombiano, conectarla con el patriotismo y entender que su expansión depende de las herramientas digitales del presente y del futuro.
Ahí está la novedad.
Valores comunicados con tecnologías nuevas.
Ideas convertidas en comunidades digitales.
Patriotismo convertido en conversación cultural.
Ciudadanos transformados de simples espectadores en participantes activos de una narrativa nacional.
Eso puede cambiar profundamente la manera de hacer política en Colombia.
Porque mientras la vieja política sigue discutiendo quién controla el micrófono, la nueva política entiende que ya no existe un solo micrófono.
Existen millones.
Están en nuestros teléfonos.
En nuestros hogares.
En nuestras conversaciones.
Y en nuestras manos.
La verdadera revolución de la batalla cultural consiste precisamente en comprender eso: que el poder político del futuro no pertenecerá solamente a quien gane una elección, sino también a quien sea capaz de construir las ideas, los símbolos y las narrativas con las que una sociedad decida imaginar su futuro.
La cultura no es propiedad de una ideología. La cultura pertenece a Colombia.
Y la propuesta de Abelardo de la Espriella aspira a convertir esa convicción en algo más que una frase: en una nueva manera de hacer política.
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